COLUMNISTAS

Flamas

Hay incendios que consumen paredes y hay incendios que, por un instante, parecen llevarse consigo una parte de lo que somos.
Lo ocurrido en Riobamba nos dolió porque no vimos solamente fuego: vimos desaparecer historia. Esa historia que permanece en edificios, rincones y espacios que quizá atravesamos todos los días sin detenernos a pensar cuánto significan.
Y quizá esa sea una de las lecciones más duras de esta tragedia: a veces comprendemos el valor de algo justo cuando comenzamos a perderlo.

Pero el incendio también dejó preguntas; preguntas sobre nuestra capacidad de respuesta, sobre la prevención, sobre cuánto protegemos nuestro patrimonio y sobre las limitaciones que todavía tiene una ciudad que aspira a crecer sin dejar atrás su memoria.
No se trata únicamente de reconstruir lo que las llamas destruyeron, se trata de preguntarnos qué queremos conservar y qué ciudad queremos entregar a quienes vienen después.

Porque Riobamba no es solamente sus calles, sus edificios o sus plazas; es la memoria de quienes estuvieron antes, el esfuerzo de quienes la levantaron y los recuerdos de quienes aprendieron a llamarla hogar.
Hoy quedan cenizas, tristeza y preguntas; pero también queda una responsabilidad.
Que este incendio no sea únicamente una pérdida que lamentemos, sino una advertencia que sepamos escuchar. Porque reconstruir una pared puede tomar meses; reconstruir la memoria de una ciudad puede tomar generaciones.

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