Riobamba debe sanar
Durante demasiado tiempo hemos caído en una vieja trampa: creer que hacer cualquier cosa significa necesariamente avanzar. Queremos nuevas ordenanzas, proyectos, discursos, planes y respuestas inmediatas, como si la solución a nuestros problemas pudiera encontrarse únicamente en una firma, una resolución o una decisión política. Pero quizá la herida más profunda de Riobamba no está en sus instituciones. Está en nosotros.
Hemos confundido el deseo de hacer algo por la ciudad con la necesidad de demostrar quién tiene la razón. En lugar de buscar responsables, hemos terminado buscando enemigos. Nos lanzamos culpas, sospechas y descalificaciones hasta convertir cualquier conversación sobre Riobamba en una disputa personal. Y cuando eso ocurre, incluso las buenas iniciativas dejan de responder a intereses colectivos y empiezan a servir a motivaciones individuales.
Tal vez no necesitamos hacer tanto, sino pensar mejor. Sentarnos, escucharnos y reflexionar de verdad. Entender que la imprudencia también puede disfrazarse de ímpetu, y que levantar la voz no siempre significa defender mejor una causa.
Riobamba necesita que volvamos a mirarla sin utilizarla como escenario de nuestras propias batallas. El lugar que contaminamos con resentimiento es también el lugar que nos dio identidad, recuerdos y pertenencia.
Y para hacerlo, quizá primero tengamos que aprender a guardar silencio y escucharnos.
Cuidemos primero lo que tenemos para poder ser mejores. No esperemos convertirnos en mejores ciudadanos para algún día cuidar nuestra ciudad. Quizá el verdadero cambio comienza justamente al revés: cuando aprendemos a cuidar aquello que todavía nos hace sentir parte de algo.