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Educación es inversión

Ecuador acaba de rendir su segunda prueba PISA, el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes, un examen que mide qué tan bien los adolescentes de 15 años aplican lo aprendido en la escuela a situaciones de la vida real. El resultado confirma un retroceso: el país cayó en las tres áreas evaluadas frente a 2017. En lectura bajó de 409 a 385 puntos, en matemáticas de 377 a 366, y en ciencias se mantuvo casi estable, de 399 a 393. Se calcula que veinte puntos equivalen a un año de escolarización, así que la caída en lectura representa un año entero de aprendizaje perdido en menos de una década.
Solo dos de cada diez estudiantes ecuatorianos alcanzan el nivel mínimo en matemáticas y lectura; es decir, ocho de cada diez adolescentes terminan el colegio sin poder resolver tareas elementales, como comparar precios entre monedas o interpretar un texto sencillo. En el ranking de 91 países, Ecuador quedó en el puesto 65 en lectura, 70 en ciencias y 76 en matemáticas.
El informe muestra que no es solo un problema ecuatoriano, hay una caída generalizada en el desempeño educativo mundial, con un descenso marcado en lectura que la pandemia y la disrupción escolar global aceleraron. Eso no es consuelo, solo contexto. Ningún país latinoamericano se ubicó entre los mejor posicionados en las tres disciplinas, y la región sigue lejos de las potencias asiáticas: China lidera ciencias y matemáticas con 597 y 612 puntos, casi el doble de la puntuación ecuatoriana. Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Costa Rica y México superaron a Ecuador en matemáticas, algunos por márgenes considerables. Esa comparación desmonta la idea de un “problema latinoamericano” inevitable: hay margen, y hay ejemplos cercanos, para hacerlo mejor.
Estos resultados confirman la relación directa entre desarrollo humano y desarrollo económico. Los países con crecimiento prolongado, de Corea del Sur a Estonia, invirtieron con visión de largo plazo en que sus estudiantes realmente aprendieran a leer, calcular y razonar. La productividad de una economía y su capacidad de generar empleo que no dependa de materias primas están atadas a qué tan bien piensa su fuerza laboral futura.
Cada punto perdido en PISA es, a mediano plazo, productividad frenada y desigualdad heredada. La educación no es un gasto que se limita a las cuentas fiscales cuando hay dinero disponible; es la infraestructura invisible sobre la que se sostiene la salud pública, la competitividad y la democracia de un país. Por eso, este retroceso no debe leerse como una estadística, sino como una alerta que exige inversión sostenida, mejor formación docente y políticas educativas de largo plazo, si Ecuador quiere construir, en la próxima década, un futuro distinto al que hoy anuncian estas cifras.

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