Cuando la ciudad se convierte en escenario
Se acercan las elecciones y, como ocurre cada cierto tiempo, algunos parecen descubrir de repente una ciudad que siempre estuvo ahí.
De pronto aparecen en las fiestas, en las huecas, en los barrios, en los espacios populares y en aquellas tradiciones que durante años parecieron no formar parte de su agenda. Se toman fotografías, estrechan manos, comparten comidas y se muestran cercanos a una cultura que quizá nunca se preocuparon realmente por conocer. Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿cuánto de esa cercanía nace del cariño y cuánto del cálculo?
Porque Riobamba no es un escenario electoral. Nuestra cultura no es un disfraz que se utiliza durante una campaña. Nuestras tradiciones no son utilería para una fotografía. Nuestras fiestas, nuestros barrios, nuestras huecas y nuestros espacios cotidianos no existen para convertirse en telón de fondo de una candidatura.
Hay algo profundamente injusto en aparecer solamente cuando se necesitan votos, como si la identidad de una ciudad pudiera activarse por temporada. Y no se trata de prohibir que quienes aspiran a un cargo se acerquen a la gente; al contrario: ojalá lo hicieran siempre.
Ojalá conocieran nuestras calles antes de necesitar nuestros votos; ojalá compartieran nuestras costumbres antes de necesitar una fotografía; porque Riobamba merece representantes que comprendan su esencia, no personas que aprendan a interpretarla.
Merece servidores, no personajes.
Merece política, no espectáculo.
Y sobre todo, merece que nadie vuelva a confundir querer a la ciudad con saber utilizarla para ganar una elección.